Desafortunadamente para México, las condiciones para un estallido social están dadas: una clase privilegiada que acumula cada vez más poder y riqueza, una clase popular en la miseria y una clase media que ve como se deteriora día a día su poder adquisitivo. Un gobierno y una clase política insensibles al sufrimiento del pueblo; privilegios para el capital extranjero a cambio de dádivas; entrega de la riqueza nacional a intereses ajenos al de México; un Presidente empecinado en combatir el narcotráfico sólo mediante la violencia, mientras en varias entidades de Estados Unidos se discute la posibilidad de legalizar la marihuana; 30,000 muertos en esa guerra irresponsable; grupos armados que enfrentan abiertamente al ejército; toque de queda autoimpuesto en varias localidades del país; líderes políticos y religiosos y hasta funcionarios del poder judicial coludidos con el crimen organizado; una generación de jóvenes sin preparación y sin empleo; derroche no sólo en campañas políticas, sino en celebraciones gubernamentales sin sentido; descontento social que se expresa a través de conversaciones informales, de las redes sociales y de bloqueos viales. Sólo hace falta la chispa… y sería muy lamentable que esta fuese inducida por alguno de los capos, que hoy combate el gobierno.
Por otro lado, el desprestigio de los Partidos, de los institutos electorales y de la clase política en general, amenaza la continuidad de nuestra incipiente democracia. El PAN desperdició la extraordinaria oportunidad que tuvo en el período 2000-2006, para construir un Estado moderno, incluyente y progresista; como consecuencia, un porcentaje significativo de la sociedad, decepcionada, empieza a añorar a los que “si saben gobernar”. Así, el PRI resurge avasallador, con las mismas prácticas de siempre y prometiendo arreglar un desorden que se originó durante la gestión de gobiernos emanados de sus filas. Hay temor fundado en la clase intelectual y en las clases medias pensantes, de que regrese este grupo político al País, porque significaría mayor corrupción, más privilegios a las clases ya de por si encumbradas y sobre todo, porque esta pesadilla llegaría para quedarse por mucho tiempo.
En este estado de cosas, el votante que razona su voto, necesita una opción real de gobierno, por lo que la izquierda podría tener la gran oportunidad de conducir al País por el rumbo del progreso con equidad. Desafortunadamente, ésta se encuentra totalmente dividida: el PRD, fraccionado entre los que apoyan a Jesús Ortega y los que son leales a Andrés Manuel López Obrador; sospechas de entreguismo del grupo de Jesús Ortega al gobierno en turno; traiciones en las filas del PRD y finalmente, la carrera hacia el 2012, que conforma dos grupos con una visión diferente de cómo acceder al poder: el de Marcelo Ebrard, cuyo discurso equilibrado y de unidad convence a las clases medias y el de Andrés Manuel López Obrador, cuyo tono agresivo y reivindicador del nacionalismo y de las tribulaciones de las clases marginadas, al mismo tiempo congrega a éstas y aleja a las clases medias más cultivadas. Ambas corrientes chocan en el Estado de México, donde Marcelo Ebrard, basado en la exitosa experiencia de alianzas con el PAN en las elecciones recientes, promueve una coalición con este partido y Andrés Manuel López Obrador, se opone a ella. La postura de Andrés Manuel se antoja congruente, sin embargo, al promover que Convergencia y PT impulsen la candidatura de un tercero, favorece sin desearlo, la continuidad del priismo en el Estado de México y con ello, las aspiraciones presidenciales de Enrique Peña Nieto. La disyuntiva está en aliarse con el usurpador y responsable directo del desorden actual ó aceptar el riesgo de otros 70 años de monopartidismo y posible estancamiento.
Es fundamental por eso que los partidos de izquierda y sus dirigencias, acepten la responsabilidad histórica que tienen, para conducir a México por un Nuevo Rumbo de progreso sustentable, humano y equitativo. Es indispensable que antepongan el interés de esas mayorías que dicen defender, a sus ambiciones personales y de grupo; unirse en torno a un objetivo común y encontrar la fórmula adecuada para presentar un solo frente ciudadano ante el PRI, tanto en el Estado de México, como en las elecciones del 2012 aún cuando esto suponga allanar diferencias y suprimir enconos. Ha llegado la hora del ciudadano, del pueblo constituido por las clases medias y marginadas, porque somos los grandes perdedores en este proceso pauperizador de la derecha, que reproduce los abusos que dieron como resultado los sangrientos movimientos sociales de 1810 y de 1910. La sociedad está obligada a enviar un mensaje contundente a esos poderes fácticos que tienen secuestrado al País, pero necesita inspiración y guía. Ese es el rol que la izquierda unida debe asumir; la Patria reclama acciones contundentes para triunfar en forma inequívoca en el 2012 y hacer factible entonces, un nuevo pacto social. Un triunfo dudoso, como lo fue el del 2006, podría traer como consecuencia la chispa que encienda una nueva Revolución Social.



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